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27/10/26

Medicina una profesión que ejercí por 41 años, desde 1985 hasta hoy - Dr.Jorge de Paula

En la mañana de este martes 27 de octubre del 2026 cuando me retiraba del área de cuidados críticos en el segundo piso del Sanatorio Julio Spiess del SMI, quienes han sido mis compañeros de trabajo por décadas me despidieron con un fuerte, emotivo y espontáneo aplauso general que me emocionó hondamente, es que no era un día cualquiera, y no era solamente mi último día de trabajo en el SMI, sino que era mi último día ejerciendo la profesión de médico, una profesión con la que comencé a soñar desde los 5 años de edad, que me llevó a ingresar a la Facultad de Medicina en el año 1976 con 19 años, que me llevó a graduarme de médico en 1985, y que me permitió desarrollarme, crecer, vivir de ella y formar una parte indisoluble de mi identidad. Y cuando me retiraba recordaba entre tantas imágenes la primera vez que transité esos pasillos y esas salas del entonces Sanatorio Impasa con mi entrañable amigo el Dr.Daniel Rivara quién junto al Dr.Raúl Lombardi fueron quienes me llevaron a trabajar allí. Recordé mi primer guardia un ya lejano 22 de noviembre de 1988 donde tuve como compañeros al Dr. Luis “Yuyo” Tamborindegui y al Dr. Héctor Vesperoni, y desde entonces hemos continuado con una larga trayectoria por 38 años que terminaron justamente hoy. Y este tan ansiado momento llegó hoy, y no porque se haya agotado la vocación ni las ganas de ayudar, sino porque aún cuando uno sienta pasión por lo que hace, es bueno ponerle una fecha de cierre a una riquísima etapa de nuestra vida, para dar comienzo a la siguiente. Fueron 40 años trabajando en distintos CTI’s, comenzando por el CTI de Crami en Las Piedras en 1986 donde me llevaron el Dr. Mario Schmidt y la Dra. Ana Aramburu, luego en el CTI del Hospital de Clínicas cargo al que accedí en el año 1988 por concurso de oposición, ganando el primer lugar del mismo, en un concurso donde tuve como tribunal al Profesor Hernán Artucio, el Prof. Humberto Correa y la Prof. Norma Mazza. El haber ganado ese importantísimo cargo con funciones asistenciales y docentes en la Cátedra de Medicina Intensiva, no solo me dio un visibilidad muy importante, sino que me abrió las puertas para ingresar a las principales instituciones de Montevideo, (IMPASA, CASMU y la Asociación Española), para trabajar en las áreas críticas (finalmente en la Española no acepté ingresar porque era imposible cumplir con todos). Y así fue como ingresé al CTI de IMPASA-SMI en 1988, primero en el CTI general, y desde el año 1993 hasta este 27 de octubre del 2026 en la Unidad Cardiológica. Y en todos estos años el trabajo en estas áreas críticas nos recuerda (con mucha más frecuencia que en la propia vida misma), que todo puede cambiar en un instante y si bien el entrenamiento, el conocimiento, la tecnología y la ciencia son indispensables, el trato personal y humano es irremplazable. Nos debe hacer recordar que detrás de cada monitor hay una persona, detrás de cada diagnóstico una historia de vida y detrás de cada familia que espera noticias, un mundo de incertidumbres, esperanzas y temores. Nos entrena a convivir con la urgencia, a tomar decisiones difíciles y a comprender que, aun con todo el conocimiento disponible, no siempre podemos cambiar el desenlace, y eso hay que aceptarlo y sobrellevarlo, porque ser médico también significa aceptar nuestros límites, y ser médico o enfermero o terapeuta o cualquier otro profesional de la salud implica saber que siempre habrá algo para hacer aún cuando curar ya no sea posible y porque el sufrimiento se puede aliviar con una escucha, con una caricia, un contacto, una palabra compasiva o un abrazo, y muchas de estas formas de interacción humana puede curativas ayudar más que muchos fármacos. Porque como lo dijo el Dr. Jorge Dietsch en su “carta a los jóvenes que nos cuidarán de viejos”, en estas profesiones nuestras, que nos enfrentan cotidianamente con el dolor, el sufrimiento y la muerte, debemos necesariamente descubrir un enorme privilegio que tenemos, el de comunicarnos con otros en su parte más sincera y más profunda, de tocarlos, de acariciarles la cara, de tomarles la mano, de acompañarlos, y esa gracia que nos fue dada es la gran riqueza de nuestra profesión médica. En estos 40 años hubo pacientes que volvieron a sus casas, familias que recuperaron sus seres querido y momentos en los que una decisión oportuna hizo la diferencia. También hubieron despedidas, silencios difíciles, nombres, historias y frases que permanecen en la memoria mucho después de abandonar una guardia. Muchas experiencias han dejado su huella, porque mientras uno intenta ayudar a los pacientes, ellos también nos transforman y nos hacen recordar el verdadero sentido de la profesión. En el camino hubo compañeros, residentes, internos enfermeros, colegas, técnicos y tantos otros profesionales con quienes compartimos guardias interminables, noches sin dormir y decisiones trascendentes. Con ellos construimos esa complicidad de quienes saben que, en terapia intensiva, el trabajo en equipo no es una frase hecha: es una condición esencial para hacer bien las cosas. Queda el conocimiento compartido, el ejemplo que quizá haya servido a otros, los estudiantes que aprendieron, los colegas con quienes crecimos y los pacientes que seguirán formando parte de nuestra historia. Y dentro de los múltiples mensajes que estoy recibiendo de colegas que se formaron con uno en tantos años voy a transcribir el de la Dra María José Arocena (quien es hoy una de las cardiólogas del Británico y que hizo su Residencia de Cardiología en nuestra guardia de los lunes) hace unos 8-9 años y que me escribió: “George!!! que momento! nada mas que agradecimiento por el tiempo compartido y por las enseñanzas, porque quiero que sepas que dejaste una gran huella en mi y que en mi actividad médica dia a dia te tengo muy presente. Son muchísimas las herramientas que me compartiste con tanta generosidad. Cuánto recuerdo cuando me decías que había que hacer las maniobras como en una coreografia de eventos ordenados y predecibles, hacerlas con precisión y hasta con elegancia, por más estresante que sea el momento, disfrutando y haciendo cada paso antes de pasar al próximo. Y hoy cuando me toca transmitir experiencias tambien lo hago con tus palabras en mi mente. Me enseñaste a recibir a cada colega que llega al cuarto médico con el respeto que se merece, a invitarlo a sentarse, ofrecerle un cafe, porque si bien lo más importante es el paciente, es también muy importante como nos tratamos entre nosotros. Y cuando uno mira atrás y ve el camino recorrido, recuerda a muchas personas que nos marcaron por distintos motivos, pero sin duda tú George estas ahí en el podio!! (Fin de la cita). Tus sinceras palabras Majo me alegran, me reconfortan y me recuerda la reflexión de Carlos Slim en su “carta a los estudiantes” que termina diciendo: El trabajo bien hecho no es sólo una responsabilidad consigo mismos y con la sociedad, sino que es también una necesidad emocional. Porque al final nos vamos sin nada, sólo dejamos nuestras obras, familia, amigos y, quizá, una positiva influencia, por lo que en ellos hayamos sembrado. Y gran parte de ello se consigue intentado dar siempre lo mejor de nosotros mismos, atender a nuestros pacientes como quisiéramos que nos traten a nosotros mismos. La jubilación no borra la identidad de un médico ni apaga su vocación. Simplemente cambia el escenario. Se termina una etapa de horarios, guardias y responsabilidades institucionales, pero permanece la posibilidad de enseñar, aprender, compartir y seguir siendo útil de otras maneras, en mi caso seguiré escribiendo, asistiendo a congresos y clases, leyendo y disfrutando de las buenas lecturas, dando mis clases en el CLAEH, dando conferencias, aconsejando a algunos amigos y acompañando a Alejandra, (mi paciente más antigua a quien sigo desde hace 35 años). Para muchos quizá sea muy difícil el paso a la jubilación, porque uno se despide de una rutina que durante décadas formó parte de nuestra identidad, pero en mi caso no lo está siendo, porque desde hace muchos años he aprendido a valorar y disfrutar de mi tiempo libre, y lo aprendí tempranamente de mi padre Teney, quien cada viernes que salía de su trabajo decía “estoy de licencia”. Y cuando lo invitaban los amigos un domingo de tarde a jugar a las cartas él contestaba: “si juego porque estoy de licencia”, y cuando llegaba las 9 de la noche les decía, me voy porque mañana tengo que entrar a las 6 de la mañana. Y ahí le preguntaban: “pero De Paula Ud no nos dijo que estaba de licencia”. Y él contestaba, si hasta mañana a las 6.00 estoy de licencia a todos los efectos. Esa impronta ha quedado muy fuerte en nuestra familia, porque sabemos el efecto beneficioso que tiene sobre nuestro estado de ánimo el sentirse “de licencia”, aunque sea por 12 o 16 horas. Por lo tanto tengo ya bien planificada esta nueva etapa con la posibilidad de mirar hacia adelante sin correr contra el reloj, de dedicar más tiempo a los afectos, a algún proyecto postergado, a los amigos, al deporte, a mis plantas, mis árboles, mi jardín y mis pájaros de Costa Azul, que cada vez que llego parece que están esperando mi llegada porque que creo que ya sienten que soy un amigo que les trae granos, migas y agua. Me voy con alegría, satisfacción y gratitud por lo vivido, lo aprendido, lo entregado, lo enseñado, lo compartido y con el privilegio de haber ejercido una profesión que encarada de la forma que me enseñaron mis maestros y que quedó plasmada en el libro “MEDICINA UNA NOBLE PROFESIÓN” exige mucho si, pero devuelve encarada de la forma que uno lo ha hecho, nos devuelve tanto o más, de tal forma que si tuviera que volver a empezar, con sus luces y sus sombras, sus alegrías y sus pérdidas, sin dudarlo volvería a elegir ser médico.