10/5/12

Ambiciones personales, empatía y escala de valores humanos - PEDRO LUIS SÁNCHEZ

Hace muchos años ya se hablaba de políticos que habían encontrado en el poder el medio de satisfacer sus deseos de protagonismo social en su vertiente más superficial y frívola. Se destacaba entonces algunos aspectos de la vestimenta, como por ejemplo las corbatas con espuelas y otros elementos ecuestres, relacionados frecuentemente con la clase y el señorío, que al exteriorizarse fuera del ámbito que les es propio, no dejaban de ser en el fondo la expresión de un querer y no poder ciertamente caricaturesco, a la par que una bofetada a aquellos a quienes los políticos así engalanados, máxime si eran socialistas, decían representar.
La participación en esa feria de las vanidades, que con algo más de disimulo siempre ha existido, crea en algunos la sospecha de que asistimos a una farsa en la que el servicio publico no es más que una excusa para la satisfacción de los propios intereses. Pero no seré yo quien ande con demagogias en este tema. La ambición es legítima en la esfera privada como en la pública. En ambos casos uno busca realizarse, para lo que no es necesario ocupar un cargo muy importante o ser dueño de una gran empresa, aunque también dicha aspiración es legítima. Lo que realmente importa es que a la ambición de prosperar, en este caso en la vida pública, corra pareja la sincera voluntad de servicio al pueblo. Y no haría falta decirlo, con total respeto a las reglas de juego que demandan las leyes, las costumbres y la moral.
Quien se dedica a lo público no debe esperar que la sociedad le exija lo que de motu propio debe nacer de él. Que no vale todo ni a cualquier precio, ni en lo público ni en lo privado, ni en relación con los demás ni con uno mismo, es la máxima que ha de regir la conducta de todo político. Precisamente por esto es tan importante en todas las esferas de la vida la reflexión, para saber discernir lo que en cada momento se debe de hacer o intentar hacer, porque de esas elecciones dependerá en buena parte la razón de ser del poder político y de la propia estabilidad y felicidad personal. O casi felicidad, pues como decía un viejo proverbio chino, ser feliz es ser casi feliz.
Pero volvamos a la ambición. Cuando hablo de la misma, por supuesto que comprendo en ella el concepto material del tener. Es legítimo aspirar a tener un buen sueldo, una buena casa, un buen coche, poder viajar cómodamente y vestir bien. La cuestión es si esos son los únicos objetivos que se tienen o si se poseen otros referentes distintos y más profundos que inevitablemente van a delimitar e influir en la importancia que se otorga a los primeros. Es lo que llamamos la escala de valores.
¿QUE ESCALA DE VALORES DEBERÍAMOS EXIGIR A NUESTROS POLÍTICOS?
Sin duda alguna todos ellos deben dar ejemplo de honestidad y de buena fe en la gestión de los asuntos públicos que dependen de los mismos. Y si nos referimos a aquellos en quienes depositamos las más altas responsabilidades, hay dos valores que en mi opinión deben ocupar un lugar preeminente, la empatía con el sufrimiento ajeno y el amor a la paz, pues no debemos olvidar que lo que ponemos en sus manos es el poder, que en muchos de ellos constituye el núcleo de su ambición.
Cuando en estos tiempos de crisis escucho descalificaciones generalizadoras de la clase política, si estoy en la conversación, expreso mi firme discrepancia. Y cuando se califican de privilegios lo que los políticos reciben por el ejercicio de sus funciones, argumento en términos parecidos a los expuestos con anterioridad sobre la legitimidad de la ambición, cuando paralelamente a la misma, se sirve a la causa pública con honestidad y poniendo en ese cometido lo mejor de uno mismo. Si juzgamos o emitimos juicios de valor sobre las acciones de los políticos, como sobre cualquier persona, preguntémonos en primer término lo que habríamos hecho en su lugar. Aunque debemos procurar que nos gobiernen quienes encarnan en más alto grado los valores que acabamos de mencionar, nuestros gobernantes no dejan de ser uno más de nosotros.
PERSONAS BIOLOGICAS Y PERSONAS ESPIRITUALES:
Me viene a la memoria como colofón lo que un amigo me decía hace tiempo sobre la distinción que hacía Ramón J. Sender entre las personas biológicas y las espirituales. Las primeras serían las que se conforman con comer, beber y hacer el amor, y las segundas las que además de disfrutar de lo anterior, que está muy bien, buscarían algo más.
A mi las personas que me gustan, los ambiciosos que respeto, tanto en el ámbito público como en el privado, son estas, las que también cultivan su mundo espiritual, los sentimientos que engarzan con el alma o como cada cual lo quiera llamar, las que entre otras cosas son capaces de sentir las alegrías y las penas de los otros, aquellas que fortalecen ese cuarto apartado del cerebro que nos diferencia fundamentalmente de los animales y que tan admirablemente nos explica Valentín Fuster en su entrañable libro de conversaciones con José Luis Sampedro.
Pedro Luis Sánchez Gil es Licenciado en Derecho, analista político, comunicador y secretario judicial director del Servicio Común de Alicante.

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