14/10/11

Edgar Morin, ciudadano y humanista planetario



Edgar Morin un ser humano que transmite una profunda paz interior:

Descubrí a Morin a través de la UNESCO. Su magnetismo, su carga afectiva y su lucidez me dieron la motivación indispensable para monitorear su intenso caminar en los escenarios de la intelectualidad. En total anonimato y con gran interés fui conociendo poco a poco el pensamiento del personaje que me cambió virtualmente la vida. ¡Quedé atrapado! Edgar Morin, un espléndido ser humano que transmite una profunda paz interior y una convicción sin adjetivos, rasgó las fibras sensibles de mi ignorancia. La pasión por saber más sobre su peculiar abordaje de la educación surgió casi sin darme cuenta, fue como una especie de flamazo neuronal y tuve la osadía de imaginar un sistema educativo basado en su poliédrico pensamiento, un giro, un vuelco, un horizonte radicalmente distinto del quehacer docente y una expectativa que merecía poner manos a la obra a la mayor brevedad. El apremio es uno de mis variados defectos, aunque numerosas veces lo convierto en mi principal motor para tender puentes entre los sueños y las materializaciones.

Corroboro lo ya sabido: soy considerado empresario, una especie particular que suele despertar suspicacias fuera de su territorio. Lo curioso es que nunca me he sentido un auténtico empresario y menos aprendiz de magnate; realmente me parece demasiada simplificación. Un paradigma torpe. Soy más ecléctico y libre. Me gusta más el término “emprendedor”, pero no desde la interpretación lineal y simplificada del que “hace empresa” o se autoemplea por meras razones de sobrevivencia. No. La conciencia emprendedora no tiene conexión con signos monetarios. Más bien lo entiendo como el o la que transforma, el o la que crea, el que cuestiona, el que sube cuando la lógica indica que debería bajar, el que empuja cuando todos aflojan, el que vive la independencia de sus actos, el que se atreve a ser diferente, un dionisiaco por excelencia; el que se atreve y tiene la fortaleza para cruzar puentes entre el imaginar y el hacer. ¿Y Edgar? Edgar es la llave de la apertura total a todas las formas de pensamiento y, en consecuencia, obliga a replantear lo ya pensado. Morin es el prototipo del no dogma y, por tanto, no puede ser nunca el icono de un pensamiento que no sea el de las ciencias del pensamiento complejo.

Mi mayor influencia hasta los doce años: el filósofo Luciano, un seudónimo ad hoc que utilizaba aquel hombrón, indígena puro de la región del Mayo, vestido normalmente con su traje típico de manta blanquísima, cabello largo y sandalias de cuero. Un autodidacta en la más cristalina extensión del término que gustaba de bordar pensamientos cargados de filosofía. Llegaba esporádicamente a su casa en el barrio terregoso y olvidado de La Laguna, vecino entre los carrizales y los campos de algodón. Y allí nos arremolinábamos docenas de niños para escuchar sus historias, sus andanzas por el mundo y sus conceptos acerca de la vida, la cultura de los clásicos y, sobre todo, la mística relatoría de sus logros filosóficos. Allí me cautivó el gesto que tuvo al regalarme un día de tantos una simple cartulina con uno de sus pensamientos impreso en una de sus caras: “En el monte de la ignorancia, afila tu machete y abre una brecha que diga, por aquí pasó un hombre”. Lo llevaré grabado en mi memoria hasta la tumba.

El río del devenir me paseó por una mezcolanza caprichosa de experiencias educativas: escuela religiosa, escuela primaria pública, secundaria pública nocturna, internado militar, una beca de estudios en el extranjero, en una universidad estatal y postgrados o diplomados en los colegios más elitistas del país: Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Instituto Tecnológico Autónomo de México, Instituto Panamericano y de Alta Dirección de Empresas. En mi niñez y adolescencia estudié lo que pude, no lo que quise, y cuando ya pude, estudié lo que creí que quise. Y al final una cierta dosis de hastío. Un denominador común, algo que no encajaba. Si mi desempeño siempre fue de excelencia, ¿por qué no estaba satisfecho? Allí se abrió la brecha de la inquietud por el tema de la educación. Presentí que era un campo demasiado fértil y fecundo para ser ignorado. Mi intuición estaba en marcha.

La voluntad es prodigiosa. Y esa voluntad me llevó a un encuentro con Edgar Morin para crear un modelo educativo basado en su pensamiento. Allí estaba frente al personaje tantas veces laureado que me había llevado a tantos escenarios, a tantas lecturas, a tantas reflexiones, a tantos sueños. No recuerdo con exactitud la secuencia de la charla, ni sé qué resorte influyó en su afinidad instantánea. Eso lo sentí de inmediato. Sus perlas de sabiduría giraron alrededor de la comprensión humana, de la empresa, de la niñez, de la juventud, de la cultura, de las universidades, de la civilización y la esclerosis de los sistemas educativos. Una cátedra estremecedora. En mi caso, hablé con vehemencia y pasión del proyecto y las coincidencias. Aclaró: "Ha habido otros intentos fallidos y hay peticiones de varios interesados de diferentes países. Confío en ti. Nombraré un consejo académico de amigos en pensamiento y corazón”. Y empezó a transitar mentalmente por el planeta, emocionado cada vez que recordaba y dictaba un nuevo personaje; prácticamente cada uno y todos eran desconocidos para mí. Garabateaba rápidamente cada nombre que evocaba exóticas lenguas extranjeras. Finalmente, expresó una sentencia casi final: "Ellos te pueden ayudar. Haz contacto y transmite mi invitación. Son muy generosos y están esperando una iniciativa seria como la tuya". Habían pasado casi tres horas, pero en mi sentido del tiempo fue un encuentro sin dimensionalidad. Una experiencia conmovedora. La despedida fue extremadamente cálida. Me había confiado una gran responsabilidad y de pronto tenía en mis manos el mayor reto que podía imaginar.

Repasé los detalles: le había gustado la idea de que la Multiversidad quedase alejada de las grandes metrópolis: "A quien le interese, llegará a ella aunque esté en el fin del mundo". Una tarea monumental por delante. Los acontecimientos siguientes fueron vertiginosos y se fueron manifestando como si fuera en formato technicolor. Uno por uno de los miembros propuestos del consejo académico fue localizado y contactado en dieciocho países; uno por uno aceptó su nombramiento y recibió un documento formal con la firma del maestro Edgar Morin. La Multiversidad empezaba a tomar forma. Una intención lleva a otra y una idea termina por producir otra. Por eso, cuando un día desperté pensando compulsivamente en algo un tanto heterodoxo: una estatua de Edgar Morin, la maquinaria cósmica empezó a caminar en tal dirección. No hay nada que, una vez ya pensado, sea imposible. Obviando los detalles, que son profusos y cuantiosos, un día 22 de noviembre de 2004 arribó Edgar Morin a la Ciudad de México con la intención de develar su imponente estatua de bronce en Hermosillo, Sonora. La estatua se había instalado en la misma sede central de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado, un preludio atinado de su significado. Su pergamino como Ciudadano Distinguido del Estado de Sonora fue un gran honor para la historia cultural de la región. Las palabras de profunda sabiduría de Edgar, recordando a sus padres y especialmente a su madre, dieron la nota más emotiva. Sus huellas quedaron plasmadas en yeso, sus iconografías fueron firmadas, su autorización formal ante notario para legalizar la adopción de su nombre para la institución y sus intervenciones fueron cuidadosamente grabadas en video. Allí le rebautizamos como “El Pensador Planetario de las luciérnagas más luminosas”. No es lo mismo elucubrar sobre pensamiento complejo y transdisciplinariedad, reforma del pensamiento y educación, que construir el andamio fundamental. No es lo mismo un postgrado sobre Pensamiento Complejo que la cruda responsabilidad de la aplicación de un modelo tal en el nivel superior universitario. Había que bajar un primer escalón como paso siguiente, porque su viabilidad nos daría la pauta para continuar hasta el plano pre-escolar. Siempre lo hemos tenido claro. Y vamos lento porque tenemos prisa. El Consejo fue nombrado por el mismo Edgar sobre una base de solidaridad, desde aquella iluminada tarde en París. Fue un extraordinario gesto de concurrencia afectiva y esperanza. La más poderosa. No hacen falta formalidades convencionales. La complicidad y la confianza es el pegamento invisible que une las voluntades. Edgar es el magneto y aglutinante que hace posible lo imposible. Hay algo que nos une: no importa en qué lugar del mundo detone la inflexión. Y si se da en distintos puntos del planeta de manera simultánea, el elemento central es el mismo: la reforma del pensamiento que nos conduzca a una mayor comprensión de lo humano. No hay monopolio de intenciones, hay confluencia y apertura. Sabemos que el proyecto es poroso, abierto, incierto, saturado de imperfecciones y no hay lugar para divergencias superfluas. Todo lo contrario. La unidad en la diversidad es nuestra fuerza. El espíritu de construcción predomina notablemente. Edgar es el arquitecto de la nueva corriente y nos impulsa a la acción. Como paréntesis especial, es justo mencionar la impresionante colaboración de Daniel Cazés, Maria da Conceicão Xavier de Almeida, Alfredo Gutiérrez, Carlos Delgado, Jorge Sáenz, Mauro Maldonato y Pascal Roggero.
El mes de noviembre de 2005 nos dimos a la tarea de apretar las últimas tuercas y afinar las decisorias etapas de lo que habría de convertirse en el nuevo modelo educativo. Un modelo en consonancia con las valiosas opiniones, las ideas y las sugerencias continuadas del maestro. Sin esa brújula hubiéramos quedado perdidos. Edgar recibió una explicación meticulosa de la naturaleza del modelo educativo y sus vertientes. Cada detalle exigía la clarificación. El ceño del pensador subía y bajaba al ritmo de su incisiva actitud. El segundo día, en el momento del encuentro final, declaró su aprobación general. Nos miramos y exhalamos un suspiro de alegría contenida. Con el aliento entrecortado le pedí que nos dedicara un pensamiento y lo plasmara en la portada de una copia del documento que contenía el modelo educativo. Solicitó una pluma y sin titubear, escribió en la portada: Vous ouvrez la voie nouvelle nécessaire et vitale pour le XXIème siècle. Poursuivez! Edgar Morin [Ustedes abren una nueva vía, necesaria y vital para el siglo XXI. ¡Adelante! -Edgar Morin].

A veces siento que el germen de esta tentación educativa se gestó hace siglos. Sólo esperaba que los factores propicios se conjuntaran. Atrás quedó la renacentista Studium Generale del siglo XII y la estrepitosa voltereta educativa que cinceló el prusiano Wilhelm von Humboldt allá a principios del siglo XIX. Así surgió este nuevo instante histórico que habrá de ser registrado con los años. No hay duda, no podíamos ni siquiera soñar con el siguiente paso si el modelo no estaba debidamente sancionado por Edgar. Alzamos la copa y brindamos: “La semilla del maestro seguirá dando frutos. Por la esperanza plena de una civilización más humana”. Mi afecto sincero a quienes han apoyado y se sumarán con el tiempo a esta iniciativa colectiva que no pertenece a nadie en lo particular. El proyecto es el mapa del modelo educativo que entra en los laberintos del pensamiento complejo sin recato y de frente. Y por tanto, pertenece a cualquiera que se resiste a la conformidad de las imposiciones de la razón dominante. Y, en cambio, sabe que hay que atreverse a recrear nuevas dimensiones del pensamiento.
Rubén A. Reynaga Valdez
Hermosillo, Sonora, México.

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