25/9/09

EL CAMINO DE SANTIAGO

Carlos Paravís nació en Montevideo en 1938 pero es considerado un hijo de MINAS ciudad capital del departamento de Lavalleja donde vivió, cantó y ejerció la Medicina hasta que falleció a los 56 años de edad en 1994 víctima de un cáncer contra el cuál luchó sus últimos años.
Su nombre artístico Santiago Chalar lo inmortalizó como cantante de música folklórica del Uruguay con especialidad en los géneros de Milonga, Serranera y Valsesito criollo
Haciendo click en el link de abajo podemos escuchar una hermosa canción de Santiago Chalar, donde homenajea al caballo como símbolo de la tradición gaucha y su fiel compañero en la formación de la Patria.
http://www.youtube.com/watch?v=bMxhd2kK5s8&NR=1
No le gustaba la política, y dedicaba sus letras al hombre de campo y a las cosas cotidianas, siendo particularmente sensible a los problemas de su pueblo. Referido a la política dijo: “No es lo mío, yo hago arte, y canto el sentir del hombre de mi tierra, si todo el mundo puede expresarse que lo haga”.
CARLOS PARAVÍS EL MÉDICO:
Como médico, su afecto por los enfermos lo llevó frecuentemente a tomar su guitarra para darles recitales, sobre todo a los más deprimidos que convalecían en el Hospital de Minas (Lavalleja). A través de un Festival de música de Minas, impulsado por él y sus vecinos logra un gran éxito, por el cual se pudo remodelar el hospital de esa ciudad.
Su vocación médica le llevó a trabajar casi gratis varios años para el Hospital de Minas y cuando el Estado le otorgó un sueldo, auxilió con ese dinero a una familia carenciada con hijos pequeños sin que nadie se enterara del hecho, mientras que él, sobrevivía con sus ingresos de cantante.
DE CÉSAR DI CANDIA AL AMIGO:
Bajo el título “EL CAMINO DE SANTIAGO”, César di Candia (periodista y escritor uruguayo), escribe este emotivo recuerdo de la vida y los padecimientos de su amigo Carlos Paravís (Santiago Chalar):
En ocasiones, cuando la noche está muy oscura y el silencio de la playa se hace dulce y triste, me viene a buscar mi amigo Santiago Chalar y, como hace más de cuarenta años, me invita a bajar a la arena frente a la casa de su futura suegra, sobre la bahía de La Paloma. Sentados en la humedad volvemos a tomar mate al tanteo y mientras conversamos podemos escuchar al verano retozando en unas olitas que llegan con desgano a la orilla.
En aquellos años, Santiago era para todos Carlitos Paravís y caminaba trepando el cerro con la claridad sobre el rostro.
Estudiaba medicina, tenía por novia a una de las más lindas del balneario, cantaba muy bien y no le gustaba llevar la guitarra a la playa porque según decía el salitre del aire terminaba por dejarla afónica.
Sin embargo no podía dominar aquella compulsión por el instrumento que le retrasó la carrera, le provocó desencuentros con quién luego fue la madre de sus hijos e hizo rabiar a su padre.
Si sus mañanas eran revolear la zurda en la arena de la playa Anaconda y las tardes para unos libracos de medicina que leía al reparo de los árboles, Carlitos destinaba sus noches a la música y al canto y lo h acía en forma casi subrepticia porque viejas leyes no escritas imponían entonces que un artista nunca aporta prestigio a una buena familia. A la salida de una de aquellas temporadas de playa, ante su sorpresa unos amigos le propusieron grabar y tuvo que elegir un seudónimo para que ni la familia de su novia ni la suya propia tomaran conciencia de ese torcimiento que estaba adoptando su destino. Así nació Santiago Chalar. A su novia se lo confesó casi enseguida. Su padre lo supo un día en que venía en auto con otro de sus hijos y se topó con su voz en la radio.
“¿Quién es ese mozo que canta tan lindo? – preguntó-
- ¿No lo reconoces?, es Carlitos papá, acaba de grabar un disco”.
- Cuando terminó la canción, el hombre lanzó el rayo purificador: “nunca vayas a contarle que yo dije que cantaba bien”.
- Aquel médico viejo que había dejado de practicar su profesión para dedicarse a la política cumplió su promesa y murió sin admitirle a su hijo, que le gustaba como cantaba. Igual a los demás, también temía que dejara la carrera por la música. Los problemas de convivencia entre aquellas dos vocaciones tan distintas tuvieron de rehén toda la existencia de Carlos Paravís.
Existió un Carlitos juguetón y de risa pronta, que quedó para siempre en La Paloma. El otro se hizo traumatólogo, se casó, se instaló con consultorio en Minas y empezó a hacerse conocer como Santiago Chalar.
Con cierta inocencia pensó que unir en un solo haz una familia, una profesión recién iniciada y un artista, era una de esas dificultades que termina arreglándolas el tiempo. Su error se midió en depresiones y abatimientos. En una de esas aflojadas, por algún flanco desguarnecido se le empezó a escapar la alegría y a colársele el alcohol. De ese problema hablamos un día casi entero, en una casita de cantos, copas y asados que tenía en la parte más alta de Minas, empinada sobre el arroyo san Francisco, dominando sierras, valles y sembrados, a la que había bautizado El Mangrullo. Un lugar de esos que uno cree que no existen y son inventos de las tarjetas postales. Semanas después, un tumor cerebral de cuya existencia él mismo ya sospechaba acrecentó su bohemia, que a esa altura era irredimible. Para ventilarse los fantasmas se perdía jornadas enteras en el campo, atravesando sierras a caballo, al rumbo que saliera.
Por las noches pedía permiso para dormir en alguna estancia y se quedaba en los galpones compartiendo el guiso con la peonada. Las pocas veces que era reconocido, desataba de los tientos la caja de alguna de sus guitarras y cantaba para un público de seis u ocho personas, las que si averiguaban quién era, habrían de recordar el episodio por el resto de sus vidas. Siempre me había dicho que no le parecía bien cobrar por cantar, porque éste era un don que le había dado Dios.
Pero durante nuestro último encuentro hizo un largo silencio y fue todavía más lejos: “Suponiendo que este razonamiento fuera correcto, ¿te parece bien cobrar por curar a un ser humano?”. Dilemas como éste habían alimentado su bohemia, (y afectado grandemente su inmunidad reflexionamos quienes conocemos la integración psineuroinmunológica), una bohemia llena de preguntas sin respuestas.
Fue un hombre increíblemente auténtico. Ahora que no está, se lo he confesado alguna vez de esas que regresamos a tomar mate de noche a aquella playa perdida de La Paloma en Rocha, mientras volvemos a conversar mirando la fosforescencia corcovear sobre las algas. Probablemente en sus últimos meses, acosado por aquel mal sin retorno, haya vuelto a recordar otra sexteta del poema de Romildo Risso que había empezado a musicalizar años atrás en La Paloma y que resultó la perfecta parábola de su propia vida.
Refugiado en aquella mínima casita colgada sobre un valle desenfrenado de verdes, esperó sus días finales. Cuando llegó a la cumbre del cerro y sintió como en la poesía, que la luz comenzaba a llegarle desde atrás, no pudo con el peso de su mochila cargada de demonios. Inútilmente, había buscado en la bohemia la paz y la sabiduría. Al darse cuenta que habían quedado extraviadas por el camino, se entregó y dejó su dilema, sin resolver, en algún lugar pedregoso de las sierras de Minas.


SANTIAGO CHALAR EL CANTAUTOR: LA PATRIA SE HIZO A CABALLO

(Hermosa canción de homenaje al compañero del gaucho)
http://www.youtube.com/watch?v=bMxhd2kK5s8&NR=1&NR=1
Pida patron, no es un canto
Pida patron es un grito
Dolor simplemente escrito
Que pudo bien ser un llanto.
Rabia , pasion , desencanto
Sangrante rima que hallo
Cruda sentencia que fallo
Para el que pobre o no pobre
Por un puñado de cobres
Condene a muerte a un caballo.
Pida patron lo que quiera
Pida el galope más grande
Pida el aliento mas largo
Pero no venda mi carne.
Pida que nade los rios
Que cruce todos los valles
Que me deshaga en la sierra
Pero no venda mi carne.
Pida que embista en mi pecho
Las lanzas que embistió antes
Pida que vuele en pedazos
Bajo el rugir del combate
Pida que enriede en mis crines
La muerte que anda en el aire.
Pida que caiga envarado
Ahogando el relincho en sangre
Pida que agote mis fuerzas
Cuando en la paz cinche y are
Para trillar los veranos
Maduros en los trigales
Pida que seque las ubres
De las yeguadas que paren
Aunque apure los potrillos
Y asi los cristianos mamen.
Pídame bota de potro
Que por mi muerte le nacen
Para salvar en la muerte
La tradición del gauchaje
Pida todo lo que quiera
Del escudo desterrarme
Cinchar las cosas mas pobres
Basta que cien orientales
Sufrir sórdido desden
Pero no venda mi carne.
Olvide que hice la patria
En mi lomo con los grandes
Pida todo lo que quiera
Pero no venda mi carne.
http://www.youtube.com/watch?v=bMxhd2kK5s8&NR=1&NR=1

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