11/11/11

Biografía de Juana de Ibarbourou (Diego Fischer) y autobiografía lírica (Parte I)



Diego Fischer publica la primer biografía de Juana de Ibarbourou (1892-1979), la mayor poeta uruguaya que fue ignorada por sus compañeros de generación, quienes la veían como la escritora del gobierno de turno. En ella se revela el infierno de una mujer marcada por el talento y la belleza, pero desgarrada por la violencia doméstica, la adicción a la morfina, penurias económicas y un amor prohibido casi en el crepúsculo de su vida.
"Juana de América", como se la conoció a partir de la distinción creada para ella en 1929 (uando aún no cumplía los 40 años), integró con la argentina Alfonsina Storni y la chilena Gabriela Mistral una tríada femenina de escritoras notables del Cono Sur durante la primera mitad del siglo pasado.
Pero fue la uruguaya quien mejor combinó belleza con un talento que, aunque desdeñado por sus compatriotas de la Generación del 45, integrada por los escritores Juan Carlos Onetti y Mario Benedetti, fue aclamada por poetas de la talla de los españoles Miguel de Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca.
Basado en cartas de la escritora, testimonios y documentos, el libro es la travesía amarga de una mujer que, superadas las delicias de la fama y de una belleza que marcó época, vivió atormentada, "cautiva" de su hijo Julio César y enamorada sin futuro, pero correspondida, a los 60 años de un médico argentino de 40 -Eduardo De Robertis- con quien venció un tiempo su dependencia a la morfina.
Juana de Ibarbourou fue "ignorada por la intelectualidad del Uruguay, la llamada Generación del 45 que integraron Onetti, Benedetti y Angel Rama entre otros " porque "le atribuyeron el mote de ser la poeta del gobierno de turno", cosa que es "absolutamente falsa", dice Fischer a la hora de explicar la ausencia de biografías de la mayor poeta del país.
Juana padeció serias penurias económicas buena parte de su vida -llegó a vender su Biblioteca personal de más de 4 mil volúmenes- y aunque cortó amarras con el mundo exterior en 1976 la alcanzó el galardón "Protector de los Pueblos Libres José Artigas" que le otorgó la dictadura uruguaya (1973-85), premio que luego recibieron los dictadores argentino Jorge Rafael Videla y el chileno Augusto Pinochet.
"La condecoración fue infamante" y Juana la aceptó "presionada por su hijo", una "figura nefasta, con dimensiones de novela medieval", afirmó Fischer sobre Julio César Ibarbourou, quien, según sostiene el libro, llegó a agredir físicamente a su madre, como alguna vez había hecho su marido, Lucas de Ibarbourou.
El "muchachón sin alegría", como lo definió su madre, fue también responsable -sostiene Fischer- de que el anuncio de la muerte de Juana, posiblemente entre el 12 y 14 de julio de 1979, recién se anunciara oficialmente el 15 de julio porque éste había comprometido la "primicia" con un diario de la época.
"Lo que más impresiona es cómo en ese infierno, en ese calvario que vivió fue capaz de crear belleza", afirmó Fischer, cuya biografía se lanzó a menos de un año del trigésimo aniversario de la muerte de Ibarbourou, 70 de la proclamación de "Juana de América" y medio siglo del Premio Nacional de Literatura.



“Juana de Abarbourou” (Juana de América) nos habla de su vida y de su obra – Museo de la palabra del Sodre –
Texto de la autobiografía realizada por Juana de Ibarbourou en el Paraninfo de la Universidad en década de los 60, frente a destacadas glorias de la poesía latinoamericana (Alfonsina Storni y Gabriela Mistral entre otras).
JUANA DE IBARBOUROU: Siempre, respecto al artista hay una curiosidad general sobre los detalles de sus comienzos: ¿significan éstos algo en la obra realizada?, ¿se trata de una simple curiosidad o de una útil investigación estadística?, ¿estos datos servirán en el porvenir para mejorar a esa especie sagrada y absurda (los poetas), que la mayor parte de las veces vive a contramano y que realiza la belleza como una misión impuesta por el destino, más que por una autodisciplina de las propias cualidades, y del misterio de la vocación con que ha nacido?.
Por mí misma, se cuánto interesa a la gente desde la más simple e ingenua hasta esa que gasta una arruga en el entrecejo, el proceso de los comienzos poéticos. Las preguntas con casi unánimemente las mismas:
- ¿cuándo empezó Ud a hacer versos?
- - ¿qué sintió, que hizo, como fue recibido por los que conocieron su primer poema?
Se ha logrado que yo mismo llegase a interesarme por ese principio confuso, por ese génesis sin historiadores, puesto que, muerta mi madre, (que tenía una candorosa adoración por mis versos), nadie podrá ayudarme a reconstruir el balbuceo inicial, a saber,
¿Cómo fueron los primeros pasos vacilantes, sin alguien que me llevase de la mano, sin el más elemental conocimiento de la poética y casi ni del idioma.
Estoy creyéndome que la iniciación del poeta nato es algo así como la de un payador, vale decir como la de un juglar o un trovero. Se estremecerán los males de los grandes del verso ante estas definiciones de tanta humildad, y sobre las que el poeta culto acumula sonriente desprecio. Recuerdo como me sabía de memoria las décimas populares, sin autor conocido, como las del romancero anónimo, de mi revolucionario Cerro Largo natal. Y como yo procuraba imitarlas sintiendo por una extraña e indefinible intuición infantil, que a las mías les falta algo, que ahora sé que era, aquel aliento bélico, aquella pasión partidista que tanto los blancos como los colorados (partidos políticos fundadores del Uruguay), sabían poner en las palabras mágicas.
La Virgen cristiana, inspiración de todos los poetas clásicos castellanos, fue también mi inspiradora primera. Yo tenía unos 14 años cuando hice mi primer soneto. No supe que era un soneto hasta algún tiempo después, cuando Luis Onetti Lima de permanente memoria me lo hizo reproducir en Atlántida Constancio Vigil (editorial), tal vez fundada hacía muy pocos años. La palabra soneto tuvo para mí un misterioso prestigio, no atinaba a encontrarla en su develamiento, en mi casa n había diccionarios, no se diluía en el aire ese gas celestial de los términos poéticos que luego encontré en un campillo que había heredado de mi hermana, la dulce protagonista de la hermana y el monstruo en “Chico Carlo”, un libro que yo gusté y amé embriagadoramente. No podría decir de donde extraje algunos sustantivos tan castizos como “alquería” y algunos adjetivos tan recónditos como “glauco”. Acaso nace con uno, o viene con uno una secreta adivinación o conocimiento del idioma que ha de ser por divino mandamiento su elemento constructivo.
Es sorprendente como se va enriqueciendo el vocabulario de una criatura que apenas ha cursado las clases primarias, en un lugar entonces muy alejado de los grandes centros de cultura (Ciudad de Melo distante 387 Km de Montevideo), que no frecuenta sino las pueblerinas tertulias de su madre, que han de dar un material folklórico y de medio ambiente, que luego no ha de utilizar sino como anécdota, mientras que lo que le es propio y vital, le llega de un modo absolutamente misterioso y sin fecha determinada.
Tengo que dejar en la nebulosa los primeros recuerdos de mi inspiración poética, todo lo anterior a ese inicial soneto cuyo título es “el cordero”. Habiendo vivido mucho en el campo, los elementos fundamentales de la breve y candorosa composición no puede ser más auténticos, en cambio en el léxico se filtraron palabras verdaderamente difíciles, aunque pertenezcan al castellano.
¿cómo las atrapé para mi enriquecimiento verbal?, ni yo misma sé decirlo, no puedo decirlo; aparecen ahí bien puestas, sustituyendo con ventaja armoniosa, “alquería” a la clásica “chacra rioplatense”, más aún uruguaya. Y tanto repetí oralmente mi soneto, que me quedó grabado en la memoria para siempre. Como soneto, aparte de su humildad tan patentemente juvenil, tiene una realidad absoluta. Es un soneto tal como Boscan los trajo de Italia. Tal como el Marqués de Santillana, lo incorporó a nuestra poética en los albores del Renacimiento. Tal como luego Cervantes y Lope de Vega lo legaron en piezas inmortales a nuestra lengua.
Un soneto con todas las de la ley, sin conocer sus leyes, un soneto por esa parte de prodigio que en mil cosas pone sus destellos en la vida de los hombres exactamente para quebrar su cruda vanidad: “yo lo sé”, “yo lo hice”, “yo lo he creado”; ¡¿Y Dios?!, pues señores, Dios sonríe entre sus blancas barbazas de buen padre, pues quién creó el soneto, el endecasílabo, y la lira y la octava real fue él. Y él es quién elige en cada generación de seres petulantes, a los que han de pasar por sus grandes poetas, y aún aquellos que posan de satánicos, y los que pretenden competir con la voz de los volcanes, y los disimulados de vocecitas de grillo y los que a él le cantan y los que por sí lloran. Instrumentos auténticos, arpas y cítaras del gran tañedor, porque pese a todos los defectos de la sonora arcilla humana, no fallan en su misión, el del oficio, el destino, el resplandor.
Así fueron pasando los años de la niñez y la adolescencia, los de los triunfos escolares en las mejores composiciones de la clase, y los primeros poemas publicados en el “deber cívico” de Melo. Debo a su director don Cándido Monegal, esa hospitalidad lírica que colma de orgullo al autor nobel y a Casiano, su hijo Cacho (tan querido por todo nuestro pueblo), gran poeta que malogró la bohemia, un apoyo, un aliento, que quizá decidieron mi porvenir. Años radiantes simples y rápidos, aún sin ambición ni premoniciones de felicidad y amor.
Me casé muy joven y muy joven recibí también la dicha del hijo que sigue siendo lo más grande, mejor y único mío que tengo sobre la tierra. Mi marido era militar, años deambular de una guarnición a otra, de pequeños pueblos a pequeñas ciudades, una de las cuales Rivera me ha quedado en el corazón. Paz cuadernos y cuadernos de versos, y Las lenguas de diamante en potencia, pues casi todos los poemas que formaron luego ese volumen primigenio, estaban en esas hojas de irreparable aire escolar.
La adaptación fue haciéndose densa y dolorosa en Montevideo. Un día vi en el diario La Razón, una página literaria que empezaba a aparecer semanalmente (novedad en la prensa metropolitana), y allá me fui una tarde con mis cuadernos de versos y el milagro se hizo rápido y al parecer simple como todos los milagros. Fue un fogonazo, una página entera bajo un seudónimo candoroso y ridículo de perfume francés “Jane de Ibar”. La amparó Vicente Salaberry y ahí empezó mi destino lírico ascendente, vertiginoso, sin que yo pudiera explicarme nunca, (hasta ahora), los triunfales acontecimientos sucesivos.
He sido feliz, en la juventud tuve esa claridad dulce y erizada en la mañana. Mi dicha ha sido la familia, tan independiente del éxito cuando me he ido quedando sola con el hijo, cuando por mi linda y cuidada casa fueron pasando los vendavales trágicos que se llevaron los seres que me daban la pacífica alegría cotidiana, padre, madre adoradísima, el marido que fue tan buen compañero.
Desde entonces, ya no sé lo que es la alegría completa. Para una mujer el éxito artístico no es la felicidad íntima. Como un diamante fastuoso no puede suplir el sagrado pan doméstico. Doy gracias a Dios, por lo que su magnificencia me ha otorgado, pero puesto en los platillos de una balanza, a peso con lo que he ido perdiendo, no lo hubiera elegido. No es disconformidad, ni soberbia, sino sencillo y profundo amor.
Quiero mi oficio y mi poesía y lo sigo sirviendo apasionadamente desde hace muchos años.
En 1919 la Editorial Buenos Aires vió mi libro Las lenguas de diamante, sigo fiel a esa servidumbre del verso y ya puedo juzgar mis primeras producciones con la serenidad con que se miran las cosas y acontecimientos que van adquiriendo perspectiva y lejanía.
Recuerdo que el escritor Manuel Galvez, mi primer editor y prologuista, comentaba riendo el empeño con que yo defendía cada signo y puntuación, cada palabra de ese libro que secretamente me parecía perfecto. El ya tenía mucho renombre y además de su gran cultura, pero la pequeña muchacha a quién se le hacía el honor de editarle de buenas a primeras un libro del que no pagaba ni siquiera el papel, n permitió que se le cambiase ni enmendara la más ínfima palabra.
El tiempo me ha dado mesura y humildad y ahora soporto muy bien cualquier crítica si me parece justa y bien intencionada. Para las que no tienen esas dos condiciones, he aprendido también el olvido sin rencores. Jamás he salido de mi palestra a defender mi obra, y no es que no la quiera, libro a libro, como se ama a los hijos, sino que he ido aprendiendo la tolerante y melancólica sabiduría de la vida, una vida (en poesía), más longeva de lo que yo mismo deseara. El tiempo es el gran discriminador, el gran aclarador, a través de él todo ocupa su posición justa y adquiere sin pasión buena o mala sus verdaderas líneas.
Las lenguas de diamante fueron una verdadera llamarada, el éxito llegó, el halago y la amistad me venían de cerca y de lejos, en una atmósfera de encantamiento. Gracias a Dios no me envanecí nunca, tengo la buena sangre de mi madre y ella me formó a su semejanza, simple y directa como era ella misma. Nunca tuve propensión a embriagarme con la buena suerte, abroquelada por la inmensa y verdadera coraza del amor familiar y la fe religiosa, se que sobre la Tierra, nada vale más que eso, y que ahí está el “paraíso terrenal” que se cree perdido.

http://books.google.com.uy/books?id=eSQ7jTt1VwQC&pg=PA8&lpg=PA8&dq=La+palabra+soneto+tuvo+para+m%C3%AD+un+misterioso+prestigio&source=bl&ots=CfRVYsy8n0&sig=gN65xeHmZPpTvoUCWfaQ4hbDLDk&hl=es&ei=XRe9TrDfIuLz0gHFk4HvBA&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=2&ved=0CCIQ6AEwAQ#v=onepage&q=La%20palabra%20soneto%20tuvo%20para%20m%C3%AD%20un%20misterioso%20prestigio&f=false

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