11/9/12

11 de Setiembre: Atentado al World Trade Center: UN GRITO DE VERGUENZA

Fotografía tomada por Fanny Clavijo
UN GRITO DE VERGUENZA: EL ATENTADO AL WORLD TRADE CENTER - Lincoln Maiztegui Casas: Publicado en El Observador de Montevideo 15 de setiembre de 2001:

En el sitio exacto de Nueva York en que hoy se abre un hueco de horror, cargado de escombros, cadáveres y angustia, se alzaban, hasta el martes 11 de setiembre por la mañana, las Twin Towers, las torres gemelas, un gigantesco centro comercial cuyo nombre oficial era World Trade Center.
UNICAS EN EL MUNDO: Eran únicas en el mundo, y por ello, en tiempo récord, se convirtieron en uno de los principales símbolos de Nueva York. Junto a la estatua de la Libertad, mucho más vieja, las Twin Towers se constituyeron en la neoyorquinidad esencial, en la imagen for export de la ciudad, al igual que la torre Eiffel, la Sirenita de Copenhague o el Big Ben de Londres.
Su vocación de doble bandera cantaba a las glorias de la opulencia, testimoniaba la riqueza y la capacidad realizadora del más importante centro urbano del planeta, se vinculaba a la Nueva York de las finanzas, del comercio y del resplandeciente porvenir.
Sus 110 pisos tenían vocación de cielos abiertos, y en las tardes brumosas del invierno se adornaban con una densa y gris cabellera de nubes que variaban de forma con la misma frecuencia con la que las mujeres coquetas cambian de peinado.
Y a través de sus ojos, que los tenían, era visible la inmensa colmena, en su espectacularidad y su grandeza, en su cromatismo y su poliformidad. La contracara —violencia, pobreza— quedaba cuidadosamente difuminada por la altura, el lujo y el movimiento.
Manuel Mujica Lainez hizo que una casa decimonónica de Buenos Aires, que pasó de mansión a conventillo, rememorase su existencia en un monólogo pergeñado la noche anterior a su demolición.
Las soberbias torres neoyorquinas, nacidas en 1970 con aspiraciones de perennidad, no tuvieron esa suerte. Fallecieron de muerte violenta, víctimas del más estúpido, cruel e irracional de los actos de terrorismo que la historia es capaz de registrar. Cayeron con su cabellera de nubes sustituida por la negra humareda de la gasolina, los escombros y la vergüenza, como si hubieran encanecido al revés. Cayeron sin agonía y sin grandeza, derrumbadas casi por implosión, como el gigante Anteo cuando Hércules separó sus pies de Gea, la madre tierra que le daba fuerza. Pero tal vez llegaron, en ese postrero y definitivo instante de caos, dolor y fuego, a pedir por su vida y la de las 55 mil personas que las visitaban diariamente. Acaso, en el idioma silencioso de los minerales, gritaron, como Dreyfuss, su desesperación de inocentes mal condenados, acaso se avergonzaron de haber cumplido tan mal su función de albergue indestructible, acaso llegaron a lamentarse de su destino.
Y se derrumbaron transformadas en una inmensa y duplicada caja de Pandora rezumante de dolor, desesperación y muerte, sin que ninguna esperanza yacente en su última entraña musitase una palabra de consuelo. Esta pudo haber sido que eran demasiado bellas, demasiado altas, demasiado augustas como para seguir existiendo en este mundo obsceno en el que puede convivir una subespecie de entes animados, capaz de invertir la ecuación darwiniana e involucionar hacia formas cada vez más bárbaras y absurdas de comportamiento.

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