8/5/16

Los médicos debemos asumir lo pesada que pueden resultar nuestras palabras - Dr.Carlos Tajer

De cómo la palabra liviana se transforma en pesada:  
Hemos aprendido, a lo largo de múltiples  viajes en taxi y cortes de pelo, que cualquiera sea el tema planteado, interlocutores sin ninguna calificación opinarán con toda autoridad y precisión: no siempre es conveniente operarse de la vesícula, mirá lo que le pasó a mi tía … conozco a alguien que tuvo el mismo problema y lo demandó … lo que hay que hacer con el petróleo es…., ese ruido que usted me cuenta debe ser el cigüeñal… la intubación del arroyo no se hizo con la tecnología de avanzada…. Yo en tres semanas te arreglo el problema del tránsito.

Basta que se abra el interrogante al lego, para que surja un devenido especialista en todo: economía, política, arquitectura, medicina, nada es ajeno a la ignorancia ilustrada.. 
Esto se extiende al ámbito televisivo y radial, hoy a la profesión de opinólogo donde un periodista-deportista-botinera-mediático de escasa formación opina sobre lo que fuera, bajando línea con vehemencia sobre cosas que desconoce profundamente. 
Podríamos esperar que esta actitud estuviera ausente en profesionales formados en la universidad, vana ilusión.
Sin embargo los médicos, en última instancia seres humanos, padecemos esa misma debilidad: cuando un paciente consulta a un cardiólogo para un riesgo quirúrgico sobre cualquier cirugía, nunca faltará la pregunta del familiar sobre que opina uno de la operación, y el riesgo de emitir realmente una opinión sin fundamento o basado en prejuicios prehistóricos (es decir, de lecturas de más de diez-quince años atrás).

Es frecuente que en ese contexto los médicos desautoricemos nuestro ethos opinando sobre actitudes o recomendaciones de otros colegas, aún cuando nadie nos consulte efectivamente, o emitamos frases a todas luces perjudiciales para la clase médica y mucho más para los pacientes.

Con toda clemencia podría afirmarse que los comentarios vacuos de la peluquería o el taxi son en realidad una comunicación “simpática”, con la intención de compartir la dificultad del otro e intentar ayudarlo, por supuesto desde la total impericia. 
En el mejor de los casos esta palabra podrá hacer al pasajero-cliente sentirse acompañado, y en el peor, reforzar algunos conceptos erróneos, pero con una autoridad tan laxa que su riesgo es muy bajo. 
La última recomendación que recibí de un taxista al que subí con cara de cansado desde la SAC un miércoles por la noche, fue la comenzar de inmediato con orinoterapia tibia en la primera hora de la mañana, que en su largo discurso había curado cánceres avanzados, disfunción sexual e incluso calvicie. 
Lo inocuo de estas recomendaciones livianas de legos, verdaderos pasatiempos, no se extiende a la incontinencia verbal médica.

Creo sinceramente que los médicos no asumimos lo pesadas que pueden resonar nuestras palabras. Mi madre suele repetir por años alguna frase que algún médico le dijo (“¡nunca se deje tocar ese grano!”) como verdades históricas e incuestionables, sanmartinianas. Mis propios pacientes me recuerdan frases aparentemente dichas por mí en momentos de inspiración pronunciativa. (“cuando le mostré la cámara gama hace tres años usted me felicitó, me citó para dentro de diez años, no puedo olvidarme”). Así como una palabra cálida puede demostrar simpatía y ayudar, los efectos adversos de la palabra médica pueden ser terribles.

Con el objeto de contribuir a la formación de los médicos jóvenes en la reflexión sobre el peso de sus palabras, he comenzado a coleccionar frases que considero nefastas y que en mi convicción han contribuido al sufrimiento y la enfermedad de pacientes y amigos. 
Nadie está exento de estas burradas, reconozco haber pronunciado algunas de ellas, y espero que reconocerlas me ayude a aprender a evitarlas en lo humanamente posible. No se pretende condenar a nadie (aunque no estaría mal como veremos como ejercicio intelectual) y sí invocar la responsabilidad y la calidez. 
Quizá la mínima precaución sería cuestionarse con: “¿qué me gustaría escuchar a mí si estuviera en esta misma circunstancia?”, no desde la mentira o el ocultamiento, sino ubicando el problema en el sitio en donde el paciente puede batallar por resolverlo y donde podemos ayudarlo, aunque sea no más que para aceptar lo incorregible.

Pero es obvio que esta regla general no es fácil de aplicar, y mi mejor esperanza es que esta colección de bestialidades ilustren la consideración de este fenómeno de la incontinencia verbal médica como un asunto grave.

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