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28/11/10

La medicina Darwiniana y los genes paleolíticos - Genotipo ahorrador y sociedad de la opulencia - Dr.Jose Enrique Campillo Alvarez


EL SEDENTARISMO ES UNA ENFERMEDAD CARENCIAL, QUE SE TRATA MEDIANTE EJERCICIO FÍSICO REGULAR:
Hiperalimentación, sedentarismo y enfermedad cardiovascular. La perspectiva evolucionista -
Dr. José Enrique Campillo Alvarez
Factores que influencian la enfermedad cardiovascular
La medicina darwiniana y los genes paleolíticos
Los seres humanos somos hijos del hambre
Los genes sobre los que actúa el sedentarismo
El Genotipo Ahorrador y la vida opulenta:


José Enrique Campillo Álvarez
Catedrático de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad de Extremadura. Su labor investigadora se ha desarrollado en la diabetes, la nutrición humana y el ejercicio físico. En 1989 se le concedió el Premio Nacional de Investigación de la Sociedad Española de Diabetes. Sus últimos libros publicados son: El Mono Obeso (Ed. Crítica, 2004) y La Cadera de Eva (Ed. Crítica, 2005).

Factores que influencian la enfermedad cardiovascular: La enfermedad cardiovascular es la principal causa de mortalidad en las sociedades desarrolladas. A este destino final se llega tras varios años de padecer algunas de las enfermedades llamadas de la opulencia (obesidad, diabetes, dislipemia, hipertensión y aterosclerosis), que suelen darse conjuntamente, ya que forman parte del llamado Síndrome Cardiometabólico. Una determinada condición genética es fundamental para el desarrollo de estas enfermedades; ya que surgen de la expresión inadecuada de un determinado genotipo. Pero la expresión inadecuada de estos genes se debe a la actuación continuada de una serie de factores ambientales como son la hiperalimentación, el sedentarismo, el estrés, el tabaquismo, entre otros. Todos son factores propios de las sociedades desarrolladas y opulentas.

La medicina darwiniana y los genes paleolíticos: Una de las cuestiones que aún no se ha resuelto por completo es el dilucidar cuáles son los mecanismos mediante los cuales el sedentarismo y la hiperalimentación producen enfermedad.

Una de las maneras de abordar esta cuestión es recurriendo a la llamada Medicina Darwiniana, que estudia la patología humana desde una perspectiva evolucionista y considera que muchas de las enfermedades que hoy nos afligen son consecuencia de la incompatibilidad de nuestros genes de la Edad de Piedra, con nuestra forma de vida de la Era Espacial.
Toda nuestra evolución está escrita en nuestros genes. A lo largo de los millones de años de evolución nuestros genes se fueron adaptando a las condiciones de vida y de alimentación que sufrieron nuestros ancestros. Nosotros somos hijos de los supervivientes, los mejor adaptados para sobrevivir bajo las condiciones de vida paleolíticas. Dado que el genoma de los seres humanos apenas se ha modificado en los últimos cien mil años, nuestro genoma actual es, esencialmente, un genoma paleolítico.

Los seres humanos somos hijos del hambre: Según todos los datos paleoantropológicos, nuestros antecesores nunca han sido gente fuerte. No hemos tenido garras, ni colmillos, ni hemos poseído mucha fuerza, ni hemos corrido a mucha velocidad. Con estas condiciones físicas y la pobreza en recursos de casi todos los escenarios en donde transcurrió nuestra evolución, el conseguir alimento debería ser una labor incierta y que requería un gran esfuerzo.

En estas condiciones, a lo largo de los millones de años de evolución, los supervivientes fueron desarrollando un genotipo que les permitía adaptaciones musculares y metabólicas para sobrevivir en estas difíciles condiciones. Esta especial condición genética adquirida a lo largo de la evolución de la especie humana se le denomina “Genotipo ahorrador”.

El sedentarismo promueve enfermedad: Todos los animales, sin excepción, tienen que pagar un precio de gasto energético muscular para conseguir la energía de los alimentos. Así ocurre también con el ser humano que vive bajo condiciones naturales y desarrolla favorablemente su genotipo para permitirle salud y supervivencia. Estos genes del ejercicio favorecen una serie de rutas metabólicas y acciones contráctiles que dotan al organismo de una mayor eficacia muscular. Pero los habitantes de sociedades opulentas son sedentarios; adquieren cada día un montón de calorías con los alimentos, sin tener que pagar un precio energético muscular por conseguirlos. Este sedentarismo crónico ocasiona la expresión inadecuada de estos genes del ejercicio físico y favorecen la enfermedad.

Los genes sobre los que actúa el sedentarismo: La búsqueda de alimento exigía un gran esfuerzo físico a nuestros ancestros, además la supervivencia exigía la posibilidad de contracciones musculares eficientes durante deficientes situaciones metabólicas. Un músculo capaz de trabajar en condiciones de penuria energética era más eficaz para lograr encontrar el alimento necesario. Por eso nuestros ancestros tuvieron que acumular una serie de mutaciones que promovían estas proezas y que permitían una forma de vida con un elevado y constante nivel de actividad física. Cuando estos alelos se enfrentan al sedentarismo del ser humano actual, ocasionan una inactividad de las rutas y propiedades contráctiles que promueven y esto es lo que ocasiona a la larga, una deficiente salud.

Desde este punto de vista darviniano el sedentarismo debe ser considerado una enfermedad carencial que se cura con la práctica habitual de ejercicio físico.

Los efectos de la hiperalimentación: La especie humana ha pasado mucha hambre a lo largo de su evolución. Nuestro genoma se ha adaptado para sobrevivir a ciclos de hambre y abundancia, más frecuentes los primeros. Nuestros ancestros tuvieron que adaptarse a estas carencias acumulando una serie de mutaciones favorables hasta constituir lo que se ha denominado el "Genotipo ahorrador" (Thrifty genotype). El problema surge cuando este genotipo desarrollado para sobrevivir a la escasez se enfrenta a la abundancia de la vida actual opulenta.

El Genotipo Ahorrador y la vida opulenta: Se han identificado algunas de las mutaciones de un solo nucleótido que sustentan al Genotipo Ahorrador. Las personas que porten en su genoma alguna o varias de estas mutaciones tienen una gran facilidad para desarrollar obesidad y el resto de las enfermedades de la opulencia si no siguen una dieta natural y saludable.

En especial hay cinco circunstancias de la alimentación de los países desarrollados que inciden de manera especial sobre una expresión incorrecta de los genes ahorradores paleolíticos: el exceso de calorías, el abuso de hidratos de carbono rápidos, el exceso de grasas saturadas, la presencia de tóxicos y contaminantes químicos en los alimentos. Y, sobre todo, el embudo alimentario que ocasiona que hayamos reducido a sólo unos polos alimentos toda nuestra alimentación.

Conclusiones: Los individuos portadores del genotipo ahorrador que viven en condiciones naturales con elevada actividad física y una alimentación natural y precisa, su genotipo les confiere ventajas de salud y de supervivencia. Los individuos portadores del genotipo ahorrador que viven en condiciones opulentas con hiperalimentación y sedentarismo sufren una errónea expresión de sus genes y ello les ocasiona las enfermedades de la opulencia, el síndrome cardiometabólico y la enfermedad cardiovascular.

Tenemos que intentar ajustar nuestros genes de la Edad de Piedra a nuestra forma de vida de la Era Espacial. Nuestra dieta debe de ser natural. Debemos mantener nuestro peso correcto y hacer ejercicio diariamente. No olvidar que cuando a las ocho de la tarde vamos a hacer aerobic, salimos a caminar o a correr, lo que pretendemos es pagar la deuda de gasto muscular contraída por la energía ingerida en forma de alimentos a lo largo del día.

Entrevista al Dr. José E.Campillo en Youtube:

http://www.youtube.com/watch?v=xxvDnUYy4N0

17/9/10

Enfermedades crónicas y la importancia del autocuidado - Dr. Daniel Flichtentrei

Foto: Jorge de Paula, Margarita Dubourdieu, Adriana Pesce y Daniel Flichtentrei, en Hemingway (Punta Gorda- Montevideo)
LO QUE LOS PACIENTES IGNORAN QUE SABEN y lo que los médicos ignoran que ignoran: Cualquier persona que padezca una enfermedad crónica tiene sobre su padecimiento un conocimiento “experiencial” producto de su propia vivencia. Este saber no académico, no sistemático e informal es frecuentemente catalogado como desconocimiento o ignorancia por quienes disponen de una educación profesional sobre el tema.
Dadas las circunstancias históricas que privilegian un tipo de “saber” por sobre otro, no resulta extraño que todo cuanto se aleje del arquetipo hegemónico y legitimado por la educación formal sea considerado como un “no saber”, descalificado y asimilado con la ignorancia más radical.
Tal como hemos sido formados sólo existe una única forma de “saber” que, casualmente, es aquella que nosotros poseemos como un capital simbólico que se valoriza tanto por lo que él mismo “es” como a través de la subordinación de todo lo que “no es”.
Se delimita así un territorio de saberes válidos e inválidos. De este modo, escuchar lo que sobre el tema tiene que decir quien “no sabe” acerca del tema se hace lógicamente innecesario e inútil. Lo más curioso es que esta valorización ha sido incorporada por los propios pacientes quienes no dudan sobre su propia ignorancia y descartan lo que largos años de padecimiento han dejado en ellos como experiencias, memorias, prácticas y representaciones de la enfermedad.
Que las cosas ocurran de este modo tiene explicaciones perfectamente racionales, pero ello no impide que resulte absurdo y que conspire contra la gestión inteligente de este tipo de patologías.
Las enfermedades crónicas deben ser manejadas por individuos responsables de su autocuidado, proactivos y concientes de lo ellos mismos, pueden lograr.
Ya nadie duda de que las enfermedades crónicas deben ser manejadas por individuos responsables de su autocuidado, proactivos y concientes de lo que nadie, sino ellos mismos, puede lograr. Es por ello que el saber práctico y vivencial que poseen debería constituirse en una herramienta fundamental a capitalizar como insumo en las estrategias a largo plazo de las diversas patologías.
Sin ello, la mera información médica se torna desencarnada, impersonal y descontextualizada de la vida real lo que la torna ineficaz y hasta peligrosa.
Todo parece indicar que algunos de los actuales fracasos podrían verse atenuados si se reúnen los diversos tipos de conocimiento al servicio de una causa común.
La práctica médica se ejerce en un escenario saturado de tensiones contradictorias e incertidumbre no siempre sencillas de articular. Ignorarlas no las resuelve, evitarlas sólo las reduce a una patética caricatura y condena a la práctica cotidiana a cerrar los ojos ante lo que no comprende o a ocultarlo bajo la máscara anestésica de la certeza y de lo autoevidente.
Algunas de estas tensiones son las que se dan entre:
-Lo conocido y lo desconocido
-Lo cognoscible y lo incognoscible
-Lo universal y lo particular
-La epidemiología y el paciente
-El cuerpo y el “yo”
-El arte y la ciencia
-La enfermedad y el padecimiento
-La compasión y la competencia
-Lo instrumental y lo creativo
-La complejidad y la simplificación
-La eficacia y la eficiencia
-La biología y la biografía
-Un “narrador” de historias y un “escuchador” de historias
Así, la Medicina discurre a medias entre conceptos –incluso cuando se esfuerce en negarlo- cuyos orígenes se remontan a la antigua Grecia: la episteme (conocimiento científico) y la doxa (opinión), la arethé (virtud) y la phronesis (conocimiento práctico). O categorías provenientes de la Antropología como la visión etic (la del investigador académico) y la visión emic (la del sujeto investigado o el paciente en este caso).
La ingenua ilusión de considerar a la Medicina una ciencia y a los médicos científicos la priva de reconocer su naturaleza empírica e individual y le niega la posibilidad de considerar válido cualquier tipo de saber que no se ajuste al modelo de ciencia positiva que supone encarnar.
El acto médico es un encuentro en el que las reglas deberían aplicarse interpretativamente en una permanente negociación entre ciencia y arte, valores personales y conocimiento generalizado.
El conocimiento científico fundamenta las acciones pero es su aplicación concreta sobre personas reales lo que da origen a la brutal diferencia que existe entre el laboratorio y el consultorio.
Es entonces cuando la ciencia debería articularse con el conocimiento de la experiencia para encontrar el camino hacia los objetivos que propone. Desconocerlo garantiza el fracaso al pretender aplicar lo que sabe a personas a las que ignora. Lo que “los pacientes ignoran que saben” es al mismo tiempo lo que “los médicos ignoran que ignoran”:
La dimensión humana, social, familiar y subjetiva de la enfermedad.
El impacto brutal que sobre los enfermos tiene todo lo que la bioquímica no logra medir ni las guías y consensos pueden nombrar.Es allí donde las razones del fracaso se hacen evidentes para quien pueda superar la ceguera disciplinar que impide visualizarlo.
Mucho de lo que nos luce racional y lógico a los médicos, se hace oscuro, imposible e ilusorio cuando aterriza en el complejo y contradictorio mundo real en que las personas vivimos. Sin esa articulación imprescindible el seguimiento de las normas y las pautas de control de la diabetes, la HTA, la obesidad se convierten en meras utopías de laboratorio sin anclaje en el drama cotidiano del padecimiento verdadero. No es suficiente el discurso imperativo acerca de “que” deber hacerse, resulta necesaria la palabra inteligente y encarnada acerca “como” lograrlo. Y “como” lograrlo significa como hacerlo en el interior de las circunstancias en que la existencia de las personas transcurre.
Lejos de la aritmética de las variables como metas excluyentes, el propósito de la acción médica debería centrarse en la elaboración de estrategias que hagan posible su cumplimiento.
No es suficiente señalar el horizonte, también hay que trazar el camino que lleva hacia él sobre el áspero y tortuoso territorio de los días.
Necesitamos cartógrafos pero también obreros y –especialmente- guías dispuestos a acompañarlos y señalarles el rumbo cada vez que haya un desvío.
Los propios pacientes conocen el terreno con todos sus accidentes, sus posibilidades y sus obstáculos. Saben mejor que nadie la forma individual e irrepetible con que la enfermedad se impone en sus vidas. Conocen su ambiente y a sí mismos.
Se construyen a diario transformando sus identidades perturbadas por la patología. Tejen con sus seres más próximos las redes que los sostienen o los sumergen. Habitan núcleos solidarios o conspiradores. Sienten en la punta de la lengua el sabor amargo de lo que deben abandonar y entienden el significado íntimo y singular que tiene y que sólo ellos pueden percibir.
Hay una dimensión que otorga sentido a los hechos y que ninguna contabilidad podría contar. Hay un experto en cada persona que padece una enfermedad que, sin títulos ni matrículas, conoce lo que ignoramos pero ignora que lo conoce.
Es nuestra la decisión de tomar o descartar ese conocimiento. Pero también nuestra será la responsabilidad por los resultados obtenidos.
No alcanza con informar, es imperativo educar. Y ello presupone una transferencia del poder al otro y un reconocimiento sincero que valore lo que ese otro sabe y nosotros no. Lo que no puede ignorarse es el estrecho límite de lo que sabemos.
La universidad otorga ventajas, pero uno decide de que modo emplearlas. Aunque ya se sabe, hay personas que han pasado por la universidad sin que la universidad haya pasado por ellas.
Dr. Daniel Flichtentrei -
Médico Cardiólogo (Universidad de Buenos Aires) - aflichten@intramed.net