20/12/15

Síndrome de Burn Out y su relación con el vacío existencial - Dr. Diego Gracia Guillén

La medicina es una profesión que exige gran compromiso e implicación de sus miembros. 
 Se propone nada más y nada menos que curar a los enfermos, aliviarlos cuando la curación no es posible, y siempre consolarlos. 
Es una de las llamadas “profesiones de cuidado”, las cuales tienen un conjunto de características comunes: se proponen ayudar a los demás a través de medios técnicos, que varían de unas profesiones a otras, y de elevadas cualidades personales. 
Todos los roles de cuidado se basan en la relación interpersonal y, por tanto, exigen de quien los ejerce no sólo conocimientos y habilidades, sino también, y quizá principalmente, actitudes humanas y humanizadoras. 
En este tipo de actividades hay una gran implicación personal de los profesionales, lo cual tiene grandes ventajas, pero también puede significar importantes inconvenientes. 
La ventaja principal es la alta implicación emocional y, por tanto, la satisfacción profunda cuando las cosas van bien. Es el famoso “eros pedagógico” del que ya hablaba Platón, que cabe extender desde los profesionales de la enseñanza, los docentes, a todos los demás roles de cuidado. 
Pero eso tiene su contrapartida, que es que cuando las cosas van mal, el desgaste emocional es enorme, precisamente por la gran implicación de los profesionales.
Esto, como es bien sabido, ha dado lugar a un síndrome específico, conocido en inglés con el nombre de burnout y en español como “síndrome de desgaste profesional.” 
Es distinto de otros procesos que pueden parecer similares y con los que cabe confundirle pero que no se identifican con él, como la depresión o la ansiedad. 
Hoy se considera una verdadera epidemia, con efectos devastadores sobre las profesiones de cuidado. De ahí que haya comenzado a hablarse muy seriamente del “cuidado del cuidador.” Si el cuidador no sabe cuidar de sí mismo, ¿cómo va a ser capaz de cuidar a los demás?.
Basta plantear el problema en estos términos, para advertir su similitud con otras formulaciones por lo demás clásicas. 
En el escrito hipocrático sobre el médico se lee: “La mayoría de la gente opina que quienes no tienen un cuerpo en buenas condiciones no pueden cuidar bien de los ajenos.” 
La expresión más concisa de este problema la tenemos en el proverbio o sentencia griego que nos han transmitido diversas fuentes, y que es popularmente conocido por formar parte del evangelio de san Lucas: iatré, therápeuson seautón, “médico, cúrate a ti mismo.”
La expresión parece tener un sentido claro, diáfano. Sin embargo, ha recibido diferentes interpretaciones a lo largo de la historia, todas las cuales resultan pertinentes a la hora de aclarar el tema que nos hemos planteado, el de la salud física y mental de los profesionales del cuidado en general, y de los profesionales de la salud, en particular. 
En un contexto teológico, como el lucano, la frase significa “sálvate a ti mismo”. 
En el contexto médico hipocrático, “cúrate a ti mismo”. 
En el filosófico-socrático, “conócete a ti mismo.” 
En el psicoanalítico, “analízate a ti mismo”. 
Y hoy, en el contexto de las profesiones de cuidado, “cuídate a ti mismo.”
El texto analiza esos cinco significados de la expresión. 
Y ello porque el síndrome de desgaste profesional no tiene tanto que ver con cuestiones de hecho, como pueden ser la rutina profesional, la falta de tiempo o el exceso de pacientes, cuanto con la incapacidad del profesional de manejar adecuadamente los conflictos de valor. No se trata, por ello, de un problema directamente patológico o psiquiátrico, al menos en el sentido que usualmente se da a esos términos, sino de una cuestión más sutil, a la vez que mucho más importante. 
Se trata del modo como los profesionales manejan el mundo de los valores. 
Es un problema de valores. De ahí que no sirvan como terapéutica las recetas puramente farmacológicas. 
Este problema no se arreglará más que con una mejor educación de los profesionales y de la sociedad en el manejo de los valores. 
Esa es la gran asignatura pendiente en los programas formativos y, por supuesto, también en la educación de los profesionales sanitarios. 
Padecemos una ceguera fatal, que nos hace pensar que la salud y la enfermedad son cuestiones de hecho y no problemas de valor. 
Y esa desorientación conduce irremisiblemente al fracaso del acto médico. Las expectativas del paciente no se verán adecuadamente recompensadas mientras no se atiendan estos aspectos. 
Ese es el origen de la mayor parte de las frustraciones que sufren los profesionales. Es curioso que la frustración haya progresado al mismo ritmo que la tecnificación de la medicina. Resulta paradójico que cuanto más poderosa es ésta desde el punto de vista técnico, y por tanto mayor dominio de los hechos, tanto diagnósticos como terapéuticos, tiene, mayor sea la frustración, no sólo de los pacientes sino también de los profesionales. 
Indudablemente, aquí hay algo que no funciona. Y ello no es otra cosa que los valores.
Clase Mag.istral del Dr.Diego Gracia Guillén en la Real Academia de Medicina de España

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