11/9/11

A 10 años del Atentado al World Trade Center: Dr.Luis Rojas Marcos, José Manuel Ballester, Lincoln Maiztegui Casas

Dr.Luis Rojas Marcos (Profesor de psiquiatría de la Universidad de Nueva York y autor del libro Corazon y mente junto al Dr.Valentín Fuster).
El 11-S dirigía el Sistema de Sanidad y Hospitales Públicos de la ciudad, donde reside desde 1968): "La mañana del martes 11 de septiembre de 2001 me encontraba en una reunión en mi despacho del Sistema de Salud y Hospitales Públicos de Nueva York, a un kilómetro escaso de las Torres Gemelas.
Unos minutos antes de las nueve, Lynnette Murph, mi secretaria, me informo discretamente que me llamaban del Centro de Control de Emergencias para que me presentara allí urgentemente porque un avión acababa de estrellarse contra una de las Torres. Llegué en pocos minutos al puesto de mando que los bomberos habían improvisado en la calle Vesey, al pie de las Torres ardiendo. Ante el escenario infernal me quedé como hipnotizado. Cuando la lucidez me devolvió a la realidad, decidí que tenía que avisar por teléfono a los hospitales sobre la catástrofe, pero mi móvil no funcionaba. Fue entonces cuando un señor se ofreció amablemente a acompañarme al edificio adyacente, para que pudiese acceder a un teléfono fijo. Realmente, este desconocido me salvó la vida, pues a los pocos minutos la Torre Sur se desplomó y aplastó mortalmente a los bomberos que se hallaban en el puesto de mando que yo acababa de abandonar, incluyendo al jefe Bill Feehan. Una vez que logré salir de la vorágine me dirigí al Hospital Bellevue donde me encontré con decenas de médicos en bata blanca, ansiosos por salvar vidas, que miraban al infinito en silencio, incrédulos, esperando aprehensivos a los heridos que nunca llegaron. Pronto se hizo evidente que el gran desafío ante quienes nos dedicamos al tema sanitario consistía en aliviar el dolor de las miles de mentes desgarradas por la catástrofe, incluidas las nuestras.
En la pantalla de mi memoria contemplo desde el puesto de mando de los bomberos las imágenes horripilantes de hombres y mujeres tambaleándose, agarrados desesperadamente a los marcos de las ventanas; algunos caían al vacío dando tumbos y terminaban con un fuerte golpe seco contra el pavimento o estampándose estrepitosamente en la claraboya del Hotel Marriott.
Estas escenas se mezclan con las caras de cientos de voluntarios apiñados a las puertas de los hospitales exigiendo donar sangre o consolar a los heridos.
Recuerdo también que la sensación, totalmente visceral y empapada de adrenalina, de que uno está a punto de morir es tan potente que el aquí y el ahora se convierten en el ojo de una aguja a través del cual enhebramos toda nuestra vida.
Recuerdo que me prometí que si sobrevivía saborearía cada segundo de mi existencia. Así, tomé la decisión de olvidarme de los cumpleaños y celebrar el cumpledía y disfrutar de las cosas cotidianas".
JOSE MANUEL BALLESTER: (artista, último Premio Nacional de Fotografía): "Dos días antes estaba en Nueva York. Yo siempre, por mi trabajo, me subo a todos los rascacielos que puedo, y allí siempre me subía a las Torres Gemelas porque las vistas eran espectaculares. En aquel viaje no pude subirme. Dos días depués estaba en el estudio y empecé a recibir llamadas de amigos contándome qué estaba pasando, pero no tengo televisión allí, así que hasta la noche que llegué a mi casa no vi ninguna imagen.
En aquel momento, no me lo podía creer, pensé que era una broma como la de Orson Welles en La guerra de los mundos, pero en televisión. Para mí no tenía sentido. Tuve la sensación de que entrábamos en un orden nuevo, era la constatación de que comenzaba un mundo diferente, nada iba a ser igual. Y así fue, recuerdo que mi galerista en Nueva York siempre me decía que esta ciudad era el centro del mundo, que allí se conseguía todo. Poco después del atentado, volví a hablar con él y se había transformado, de hecho ya no vive allí. Tuvo que ser un trauma muy grande para una ciudad tan arrogante. De repente, descubrieron su vulnerabilidad, en pleno corazón.
El 11 de septiembre fue la demostración de que los americanos estaban cubiertos por ese barniz que les permite ver las guerras radiadas o en televisión sin que les afecte. Una manera de sobrevivir a tanta dureza".
UN GRITO DE VERGUENZA: EL ATENTADO AL WORLD TRADE CENTER - Lincoln Maiztegui Casas: Publicado en El Observador de Montevideo 15 de setiembre de 2001:
En el sitio exacto de Nueva York en que hoy se abre un hueco de horror, cargado de escombros, cadáveres y angustia, se alzaban, hasta el martes 11 de setiembre por la mañana, las Twin Towers, las torres gemelas, un gigantesco centro comercial cuyo nombre oficial era World Trade Center.
UNICAS EN EL MUNDO: Eran únicas en el mundo, y por ello, en tiempo récord, se convirtieron en uno de los principales símbolos de Nueva York. Junto a la estatua de la Libertad, mucho más vieja, las Twin Towers se constituyeron en la neoyorquinidad esencial, en la imagen for export de la ciudad, al igual que la torre Eiffel, la Sirenita de Copenhague o el Big Ben de Londres.
Su vocación de doble bandera cantaba a las glorias de la opulencia, testimoniaba la riqueza y la capacidad realizadora del más importante centro urbano del planeta, se vinculaba a la Nueva York de las finanzas, del comercio y del resplandeciente porvenir.
Sus 110 pisos tenían vocación de cielos abiertos, y en las tardes brumosas del invierno se adornaban con una densa y gris cabellera de nubes que variaban de forma con la misma frecuencia con la que las mujeres coquetas cambian de peinado.
Y a través de sus ojos, que los tenían, era visible la inmensa colmena, en su espectacularidad y su grandeza, en su cromatismo y su poliformidad. La contracara —violencia, pobreza— quedaba cuidadosamente difuminada por la altura, el lujo y el movimiento.
Manuel Mujica Lainez hizo que una casa decimonónica de Buenos Aires, que pasó de mansión a conventillo, rememorase su existencia en un monólogo pergeñado la noche anterior a su demolición.
Las soberbias torres neoyorquinas, nacidas en 1970 con aspiraciones de perennidad, no tuvieron esa suerte. Fallecieron de muerte violenta, víctimas del más estúpido, cruel e irracional de los actos de terrorismo que la historia es capaz de registrar. Cayeron con su cabellera de nubes sustituida por la negra humareda de la gasolina, los escombros y la vergüenza, como si hubieran encanecido al revés. Cayeron sin agonía y sin grandeza, derrumbadas casi por implosión, como el gigante Anteo cuando Hércules separó sus pies de Gea, la madre tierra que le daba fuerza. Pero tal vez llegaron, en ese postrero y definitivo instante de caos, dolor y fuego, a pedir por su vida y la de las 55 mil personas que las visitaban diariamente. Acaso, en el idioma silencioso de los minerales, gritaron, como Dreyfuss, su desesperación de inocentes mal condenados, acaso se avergonzaron de haber cumplido tan mal su función de albergue indestructible, acaso llegaron a lamentarse de su destino.
Y se derrumbaron transformadas en una inmensa y duplicada caja de Pandora rezumante de dolor, desesperación y muerte, sin que ninguna esperanza yacente en su última entraña musitase una palabra de consuelo. Esta pudo haber sido que eran demasiado bellas, demasiado altas, demasiado augustas como para seguir existiendo en este mundo obsceno en el que puede convivir una subespecie de entes animados, capaz de invertir la ecuación darwiniana e involucionar hacia formas cada vez más bárbaras y absurdas de comportamiento.

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